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Música Renacentista.

La polifonía coral es considerada como la más importante innovación del Renacimiento y, efectivamente, los músicos pusieron su punto de mira en el coro como principal intérprete de sus creaciones. De este modo, las técnicas de composición variaron profundamente. Ya no se trataba de añadir a una melodía una o dos partes sin más, sino que se pensaba en un bloque sonoro compacto, por lo que había que eliminar las asperezas que producían las disonancias, a las que tan proclives eran los músicos medievales.

En Inglaterra, tres compositores alcanzarían gran fama: Leonel Power (h.1420), John Paymour (h.1431) y John Dunstable (h.1435).

A Dunstable se le atribuye haber sido el inspirador de la nueva forma de componer, basándose en los principios de una casi absoluta consonancia y evitando separar en exceso los sonidos de las voces extremas. Además, el cantus firmus dejó de ser una exclusividad del tenor y pasó a otras voces, incluso discurriendo alternativamente de una a otra.

Este llamado “estilo inglés” causó sensación entre los compositores del continente, y por este motivo la obra de los franco-flamencos Gilles Binchois (h.1440) y Guillaume Dufay (h.1460) se vio notablemente influenciada por estos nuevos conceptos sonoros.

Dufay fue cantor de coro en Cambray. Su calidad como músico lo llevó a ser solicitado por varias casas reales, convirtiéndose en un viajero incansable y cosmopólita, fue autor de las primeras composiciones polifónicas para eventos de tipo político y social: bodas, coronaciones, visitas reales…

La notación del siglo XV sufrió grandes cambios y el tipo de compás de subdivisión binaria se hizo norma. Las notas negras usadas hasta entonces se transformaron en huecas. Parece ser que el motivo principal de este cambio fue que al usar un papel más barato que el pergamino, la pluma de los compositores se deslizaba con mayor dificultad sobre superficies más ásperas, y además, la tinta negra se corría con facilidad, emborronando la escritura. Así es que decidieron ser prácticos y dejar huecas las notas que más se utilizaban, quedando en negro las de valores menores. Estas novedades en la notación coincidieron con el primer ensayo serio de impresión mecánica de la escritura musical , llevado a cabo por Gutenberg en el año 1439.

Esta época es también la de los libros de coro de gran tamaño y ricamente ilustrados, que servían para que los cantores de los coros catedralicios leyeran todos en un mismo libro, al pie del facistol – atril grande -. En estos volúmenes se escribían las cuatro voces habituales en dos páginas. La música escrita en libros de partes, es decir, uno para cada voz, vería la luz hacia la mitad del siglo XV.

Las voces empezaron a ser consideradas por su altura de sonido y la principal innovación en este campo fue la aparición de la voz de bajo, tal como la entendemos hoy día. El primer compositor en usarla profusamente fue Johannes Ockeghem (1420-1495), poseedor, él mismo, de una gran voz de bajo.

El motete, dejó de ser el principal género de composición musical a favor de la MISA Ya avanzado el siglo XV, la MISA PARODIA – sin el significado burlesco que suele dar a este calificativo - ocupó un lugar preferente en los gustos de la época. Así, tomando como referencia una melodía habitualmente popular, se construía una misa completa.

Llegamos al que puede considerarse como el maestro de maestros, verdadero artífice de lo que se ha dado en llamar “ música moderna”. El flamenco Josquin Desprès (1450-1521).Creador del contrapunto imitativo como base de la estructura formal de la música a varias voces, supo aprovechar el legado de los músicos medievales y transmutarlo a las nuevas tendencias de su época. Y ése fue uno de sus logros: la perfecta simbiosis entre la acentuación y entonación del texto. Desprès enseñaba a sus alumnos a ornamentar de forma espontánea la melodía que cantaban, despertando en ellos su imaginación y sentando las bases de una interpretación flexible de la música que él mismo componía. Tras su muerte, la música de Josquin, lejos de caer en el olvido, siguió imprimiéndose y ejecutándose, cosa bastante rara en aquella época.

Otro aspecto a considerar en este fascinante siglo XV es el auge de la música escénica. Las representaciones de los MISTERIOS medievales y los AUTOS SACRAMENTALES son un fiel exponente de la riqueza musical de los cantos populares dados a conocer por los trovadores, y las creaciones de los llamados músicos “serios” , es decir, los polifonistas, en perfecta combinación. Estos dramas litúrgicos fueron, de alguna manera, el precedente al espectáculo músico-teatral por excelencia: la ÓPERA. En España, la obra más importante y conocida de este estilo es el ‘ Misterio de Elche’, que con música de los siglos XII, XIII, XIV y XV, cuenta la muerte de la Virgen María y su asunción.

En España, la música religiosa siguió, moderadamente, las novedades venidas del extranjero. Sin embargo, en el ámbito de la música profana, la aportación española se concretó en un género: el VILLANCICO.

El villancico polifónico español del siglo XV se inmortalizó, fundamentalmente, en dos importantes colecciones: el Cancionero de la Colombina, en Sevilla, y, sobre todo, el Cancionero musical de palacio, en Madrid. Este último contiene 458 piezas a dos, tres, cuatro, cinco y seis voces, y algunos de sus autores vivieron hasta los tres primeros decenios del siglo XVI.

Nombres como Cornago, Urrede, Peñalosa, Madrid, Lagarto, Escobar, Ribera, y un sinfín de anónimos, acompañan al más prolífico autor español de la época: el poeta y comediógrafo Juan del Enzina (1469-1530), que es de quien más obras contiene el Cancionero de Palacio.

Desgraciadamente, la penosa costumbre de muchos copistas de la época de no poner el nombre del autor en los manuscritos, nos ha privado de conocer la paternidad de muchas de estas piezas, algunas de las cuales se atribuyen a músicos extranjeros que sirvieron en la corte española.